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LA HISTORIA


A la edad de catorce años, entra al convento de las Marianitas de San Lorenzo, Montreal, la rama fémina de la Congregación de Santa Cruz. El fundador, el Padre Basile Moreau, la admitió el 22 de agosto 1857 a pronunciar sus votes a pesar de una salud frágil. Recibe el nombre de Sor María de Santa Leonia y enseñó durante muchos años.

Sus encantos la llevan hacia el sostén del ministerio de los sacerdotes, pero el camino que le traza la obediencia es más bien inesperada. Hasta 1862, enseña alrededor de Montreal, después la enviamos ocho años al orfanato San Vicente de Paúl en Nueva York.


En 1870, escoge de pasarse a la comunidad americana de las Hermanas de Santa Cruz en Indiana, pensando realizar sus aspiraciones.

Llegada en Indiana, Sor María de Santa Leonia enseño trabajos de punta y el francés en la Academia Santa María. Su deseo de abnegación cerca del clero queda en vela, pero su estancia permanencia de doce años en los Estados Unidos le permite dominar el inglés.


En el otoño de 1874, ella es enviada de Indiana a Memramcook, para tomar el cargo del equipo de las religiosas y de las jóvenes Acadiences que asuman los trabajos domésticos del colegio San José, entonces dirigido por el padre Camilo Lefebvre, c.s.c. este lugar se revela rápido una fuente de vocaciones y de muchachas generosas que no tardaron de agruparse alrededor de Sor Leonia.

Allá, funda oficialmente, en 1880, su Instituto: Las Pequeñas Hermanas de la Sagrada Familia para colaborar y sostener los Religiosos de Santa Cruz en la obra de educación.

En 1895, el fallecimiento del Padre Lefebvre, que había asistido la comunidad, deja sin aprobación canónica esta obra cargada de promesas.


Físicamente, Madre Leonia es de baja estatura, de un porte tan noble que llama la atención. Su piel clara, sus ojos profundos, su cara radiante de una sonrisa, que atrae fácilmente. Moralmente es una mujer con gran corazón, toda de cordialidad, inclinándose con compasión sobre cada miseria humana. Hace suya las penas y se esfuerza de aliviar y consolar cada una. Monseñor Paulo LaRoque dirá que ha pasado toda su vida en darse: «Ella tenia siempre los brazos abiertos y el corazón en la mano, una buena y franca sonrisa en sus labios, acogiendo a todo el mundo como si era Dios mismo. Era de todo corazón».


Su corazón y sus huesos son preciosamente conservados en un oratorio acondicionado en 1985, cerca de la capilla de la Casa general en Sherbrooke, Québec.